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La ‘Perubólica’ que marcó la infancia de millones de colombianos

La televisión del vecino país es inolvidable para quienes vivieron su infancia y su juventud en los años noventa. ¿Quién de ellos no recuerda a Karina y Timoteo?

Así como lo hizo Don Pedrito, otros personajes de la televisión peruana de los años noventa le sirvieron a Colombia para descubrir a un país pintoresco y sorprendente. Llamábamos a la plataforma ‘perubólica’, en un juego de palabras basado en las antenas parabólicas que se instalaron en muchos barrios y que trajeron canales internacionales a un precio razonable. Los más pudientes tenían acceso a la televisión gringa, los demás nos entretuvimos con una parrilla que incluía canales mexicanos, brasileños y, principalmente, peruanos: Panamericana, Frecuencia Latina, Global y América complementaron la oferta de telenovelas y repeticiones de series ochenteras a la que estábamos acostumbrados.

Para los pequeños, la vida empezaba en las mañanas de los fines de semana con Karina y Timoteo. Sin atender a las advertencias de mamá sobre no comer frente al televisor, madrugábamos para engullir un sancocho de programas animados mientras en otros canales pasaban la misa. La memoria seguro me falla, y algún experto aclarará que tal o cual serie se transmitió antes en un horario que los mortales ignoramos, pero me atrevo a afirmar que clásicos japoneses como Supercampeones, Ultraman, Dragon Ball, Sailor Moon y Los Caballeros del Zodíaco mostraron sus mejores momentos en esas mañanas de perubólica. Muchos abandonamos el balón de fútbol para ver a Oliver Atom –sí, ya sé: ese no es su nombre japonés pero entonces no existía Wikipedia– corriendo en canchas tan grandes que se alcanzaba a ver la curvatura de la Tierra.

En otro canal pasaban Nubeluz. Alguna vez escribí un artículo dedicado a este programa, así que evitaré repetirme. Solo diré que esta versión peruana de Xuxa me dejó mucho más que momentos televisivos: amores platónicos y ganas de hacer ejercicio sin moverme del sofá –no lo nieguen: ustedes también cantan “vamos a hacer deporte” antes de salir a trotar– hacen parte de un legado ¡que también incluía enlatados de muñequitos!

A pesar de que se podía ver en los canales colombianos, mexicanos y brasileños (doblado al portugués, para producir más risas), lo que nos obligaba a estar pegados a América o a Panamericana era Chespirito. Alternando entre publicidad de golosinas –y gaseosas– que jamás conseguiríamos en Colombia, y episodios de series como Thundercats o Las Tortugas Ninja, nos aprendimos de memoria parlamentos enteros y pusimos en práctica los chistes recurrentes de El Chavo del 8, El Chapulín Colorado, Los Chifladitos, Los Caquitos y hasta el insoportable Doctor Chapatín.

No solo de enlatados vivía la perúbolica. De sus frecuencias nos quedan las canciones de Rossy War, Gian Marco, Tierra Sur, Miki González y Pedro Suárez Vértiz y las jugadas de Ñol Solano, el Chorrillano Palacios y Claudio Pizarro (mientras de fondo sonaba: “Perú campeón, es el grito que repite la afición”). Además, el humor de Las mil y una de Carlos Álvarez, Los cómicos ambulantes, Pataclaun, Risas y salsa y La Chola Chabuca que, en algunos hogares colombianos, incluso reemplazaron al sagrado Sábados Felices.

¿Y qué sería de este continente sin telenovelas? Me acuerdo de Torbellino y un amigo me recuerda el estribillo: “Huracán de emociones, vendaval de pasiones”. También estuvieron Pirañitas y Los Choches, que no eran propiamente telenovelas pero sí tenían su toque de melodrama latinoamericano, con actuaciones y producciones más bien baratas, pero sus historias narraban una realidad muy dura. Hay que admitir que en Colombia ese tema y otros detalles de la televisión peruana se veían con cierto desprecio, como si eso no sucediera aquí. También hay que admitir que estas series se adelantaron a La vendedora de rosas y Ciudad de Dios, dos de las mejores películas suramericanas de los últimos 20 años.

Hacia el final de la jornada televisiva estaba Ritmo de la noche, un programa que en mi casa estaba prohibido por su sexismo y que con mis hermanos solo lográbamos ver donde algún vecino o pariente, si aún mi mamá no había convencido a esa persona de lo perverso que era. Para defensa del Perú, este segmento llegaba de Argentina y se transmitía bien tarde, cuando se supone que los niños y adolescentes debíamos estar durmiendo. Justo después era el enlatado francés, doblado al castellano de España, que nos enseñó la anatomía de Penélope Cruz: La serie rosa. Y no digo más porque los que la vimos sabemos de qué se trataba y hoy le seguimos agradeciendo a la perubólica por tantos momentos inolvidables.

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