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El cerebro cambia cuando viajamos

Viajar implica aprender cosas nuevas, conocer lugares, paisajes, personas, olores y sabores, así como vivir experiencias novedosas que producen diversas emociones y lo hacen pensar de manera diferente

Además de conocer nuevos lugares, personas, culturas y comidas, viajar estimula el cerebro. Este importante órgano, según Óscar Díaz, psicólogo de la Universidad El Bosque, tiene la particularidad de poder cambiar su estructura gracias a una característica llamada plasticidad cerebral.

“Esto implica una posibilidad de que las diferentes áreas del cerebro se moldeen según nuestras experiencias, recuerdos, emociones, sueños, habilidades y de todo lo que dejamos de hacer”, asegura el psicólogo.

Porque cuando en alguna etapa de la vida aprendemos algo y no lo ponemos en práctica, se olvida y el área del cerebro responsable de estas funciones cambia su estructura.

Según Óscar Díaz, viajar abre la mente, permite conocer todo un universo novedoso que hace que haya una mayor confianza en sí mismo, un mayor deseo de explorar y de aprender, lo cual fortalece procesos cognoscitivos como el lenguaje, la memoria y, especialmente, las estrategias de solución de problemas.

Viajar agudiza ciertos sentidos, según las experiencias vividas, como el tacto y la interocepción (sensaciones de temperatura, texturas, el aire, etc.), el oído (nuevos sonidos de la naturaleza, idiomas, dialectos, etc.), el gusto (nueva comida, por ende, nuevos sabores) o la visión, así como la percepción de muchos estímulos antes desconocidos.

Todos estos cambios y experiencias hacen que el cerebro genere nuevas conexiones sinápticas, que son conexiones entre las neuronas, responsables de todas nuestras funciones comandadas desde el cerebro.

“Los seres humanos generamos conexiones sinápticas todos los días, acción que se incrementa con experiencias tan placenteras como viajar. Todo lo que implica conocer nuevos lugares activa los sistemas de recompensa a nivel cerebral, como cuando juegas y ganas, o como cuando tienes relaciones sexuales y las disfrutas”, asegura el psicólogo de la Universidad El Bosque.

Y afirma que romper la rutina, hacer cosas nuevas, conocer algo o alguien y en general las vivencias novedosas hacen que se estimule al cerebro a generar adrenalina, sobre todo cuando el viaje implica la práctica deportiva extrema o la exploración. También serotonina, la sustancia química asociada con el placer, y endorfinas, las mismas que permiten sentirnos bien con nosotros mismos, felices, satisfechos y nos regulan respuestas de ansiedad, tristeza o intranquilidad.

Pero también advierte que el beneficio para el cerebro se da si cuando viajamos tenemos actitud positiva y nuestra tolerancia a la frustración no es tan baja; en los viajes hay muchas probabilidades de que las cosas no salgan como queremos, pero está en nosotros estar dispuestos a pensar y ejecutar estrategias para resolver estas situaciones.

 

 

Viajar es retar al cerebro a situaciones de adaptación y lo vuelven más creativo, por ejemplo, debe crear mapas mentales de los lugares que va a visitar o que ha explorado, también debe haber una apertura para entender las formas de hablar, de actuar y de vivir de las personas que están en los lugares a los que se viaja.

Además, implica una desconexión temporal de asuntos laborales y académicos, es un descanso que todos los cuerpos necesitan.

Viajar para conocer, experimentar, para encontrarse con uno mismo y vivir. Si nuestro cerebro cambia, el cuerpo también lo hace. Viajes para sentir.

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