Contra los pedestales morales en la democracia

En Colombia, y especialmente en su política, está muy pobremente arraigada la idea fundamental de que la gente que piensa distinto a uno es, en últimas, y después de todas las diferencias, igual.

Esta carencia de, digamos, cultura democrática, es evidente en la forma como se ha perfilado la polarización entre uribistas y la Farc, por ejemplo. Ambos se consideran interlocutores inválidos, ilegítimos, y recíprocamente piensan que el otro debería estar en la cárcel. En este caso, el radicalismo de unos y otros, y el contexto de un enfrentamiento armado recién terminado, ayudan a explicar el desentendimiento.

Pero incluso cuando se trata de competencias políticas entre afines, por ejemplo en la pasada consulta del Partido Liberal entre De la Calle y Cristo, surge esta tendencia a descalificar la validez del otro. Que Cristo era la maquinaria y De la Calle la opinión. Que De la Calle era la maquinaria de la dirección del partido y Cristo la representación del liberalismo regional.

Este fenómeno de descalificación, de pobreza democrática, es sin duda mucho más sorprendente cuando viene de quienes se autodenominan “fuerzas democráticas” o “progresistas” o “liberales”. Y no hay un ejemplo más claro de lo poco democráticas, progresistas y liberales que son estas fuerzas en Colombia que frente a su posición sobre los resultados del plebiscito.

Sigue haciendo carrera la idea de que el resultado del plebiscito fue el resultado de un fracaso de la democracia. Un fracaso impulsado por mentiras y por noticias falsas, un resultado, en últimas, ilegítimo. Se trae a cuento siempre la famosa entrevista de Juan Carlos Vélez en La República, donde a lo sumo dice que hicieron una campaña basada en emociones.

Evidentemente, acá no ayudan las constantes, esas sí, mentiras del uribismo y de Uribe (que Mauricio Archila es de la Comisión de la Verdad, que es “apologista del terrorismo”, sólo para citar las últimas). Pero creo que esto es una distracción. Una a la que muchos se aferran para reforzar su descalificación de un universo inmenso de personas que piensan diferente.

Un universo de personas, los del No, al que curiosamente nadie ha querido arropar con la sábana inmaculada del “voto de opinión” a pesar de haber logrado la mayor victoria del voto de opinión en la historia de Colombia. Una victoria de la opinión contra la propaganda (y también varias mentiras) y maquinaria del Gobierno, y la mayoría del Congreso. Contra la opinión privilegiada por la mayoría de los medios de comunicación y los “líderes de opinión”.

Lograr bajarse del pedestal de dueños de la moral democrática, abandonar esta descalificación de los otros —otros que además mostraron ser muchos— no es sólo un reto de coyuntura electoral clave para los autodenominados candidatos de opinión que hoy hacen campaña. No se trata acá de hacer un llamado a calmar los ánimos, a abandonar la polarización. El debate, el desacuerdo, el señalamiento son válidos en la política. Pero lo son en tanto al final, quitando las diferencias, uno no piense que el otro es un borrego manipulado, un tonto engañado o, peor, un ser de moral quebrada. Mientras logre entender que, en el fondo, somos iguales. De lo contrario, más allá de quién gane cualquier elección, al final será una pérdida.

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