En los zapatos del otro (II)

Es cierto que desde los medios tradicionales es más corriente ver caricaturizada a la oposición y no tanto al bien pensante gobiernismo o a la centro izquierda ultraética y autodenominada “democrática”. Eso enfurece a la oposición, entendiblemente, y la ha llevado, últimamente, a reaccionar con una campaña de no pocas injurias contra los medios y el periodismo bogotano. Pero si uno quiere sinceramente explorar los dos lados de esta creciente teoría sobre la polarización en la política colombiana, tal vez una caricatura de ambas caras sea útil. Y si no útil, al menos válida, entendida dentro de los principios de equidad y reciprocidad de la crítica y el humor político. Ahí va:

“El problema de este país es la gente ignorante que se deja convencer con mentiras y fantasías impulsadas por extremistas de derecha. Ahí es que uno tiene que trazar una línea. Es que es insólito, es retrógrado, es del todo y absolutamente inaceptable que nos vengan a embutir la Biblia, la ideología de género y su discurso de miedo para frenar los avances del Estado social de derecho que nos fue entregado por la Constitución”.

“Y es que solo en este país se abre la posibilidad de acabar con la guerra, de reparar a las víctimas, de finalmente contar toda la verdad a cambio de unas concesiones normales de cualquier negociación en la que se reconocen con humildad los errores del pasado, ¡y la gente vota por el No! Es que si hubiéramos sabido que el nivel de imbecilidad, maleabilidad, y maldad era tal, por supuesto que no habríamos sometido a la voluntad del pueblo una decisión tan importante. Estos acuerdos, tiene que ser uno muy bestia o siniestro para no verlo, son la mejor fórmula para profundizar nuestra democracia, para ser un país equitativo, tolerante. Como no ver que para que se cumpla finalmente la promesa de la Constitución del 91 necesitamos hacerle unas pequeñas modificaciones a la Constitución del 91, hoja de ruta de todo lo bueno y progresista”.

“Pero el problema de fondo no es el pueblo. La mayoría de esa gente, pobrecita, vota, como les decía, por miedo, o engañada, o enceguecida por su propia ignorancia. El problema de fondo es la mano negra, como la llamó valientemente Santos, y no lo digo por defenderlo, porque es al final miembro de la élite corrupta, pero al menos de la corrupta pero ilustrada. Aunque, aquí en confianza, yo no voté por él cuando era el de Uribe, el que le robó las elecciones a la Ola Verde («Yo vine porque quise, a mí no me pagaron»). Sí voté por Santos en el 2014, cuando nos dimos cuenta de que era de los buenos, de los demócratas, cuando fue el Santos de verdad, el de la paz”.

“Pero es que para no caer en manos de esos reaccionarios primitivos deberíamos de verdad ponernos serios con el progresismo. Serios con la justicia, y la justicia social. Ya no más aguas tibias. Hay que meter a la cárcel a Uribe y a todos esos uribistas corruptos paramilitares, a la cárcel a todos los corruptos en general. Tenemos que prohibir a los discriminadores de la comunidad LGBTI y la igualdad de género, a quienes hablen mal de los periodistas, a quienes se opongan a la participación de la insurgencia en esta democracia, a quienes no respeten los derechos sexuales y reproductivos, y los de los animales. Cárcel y muerte política. Hasta que entiendan que esto es una democracia en la que no toleraremos su visión conservadora, reaccionaria y contraria a la… ¡pues a la democracia!”.

También Puede Ver

En lugar de Vargas Lleras, MEJOR reconciliarnos

Hay dos fuertes aspirantes a la presidencia que asumen la reconciliación como el eje central …