Entre mafiosos

Serían ridículos los dos si no fueran tan peligrosos: ese peinado de cada cual, amarillo el del uno, casi azul el del otro, arreglados uno y otro como el sueño o la pesadilla de un estilista del cabello; esos ojitos ligeramente mongoloides con que miran los dos; esas baladronadas que suelta cada cual a cada rato. Y ese intercambio de mensajes entre Kim Jong-un y Donald Trump sobre cuál de los dos tiene el botón nuclear más grande, que parece una competencia entre niños de 9 años sobre cuál orina más lejos. Sería risible si no fuera porque es cierto que ambos tienen un botón nuclear. Y de ambos se puede temer que, por pura fanfarronada, se les ocurra apretarlo.

De los dos, sin embargo, el más peligroso es Trump. No solo porque su botón nuclear es más grande, como él dice, sino porque su estilo diplomático, por así llamarlo, además de ser deliberadamente arbitrario y caprichosamente errático para sembrar el desconcierto, se basa en la amenaza y el chantaje. Es un estilo de jugador de ventaja: de tahúr. Y un tahúr está obligado a subir y subir la apuesta hasta que no le queda más remedio que sacar su pistola.

No es que Kim sea una hermanita de la caridad. Es un aterrador “niño diferente”. Un tirano hereditario, hijo de otro tirano que gobernó su país durante 15 años, y nieto de otro más que fundó la dinastía con una dictadura de más de 40, incluida una guerra que duró 3 y costó la muerte de 3 millones y medio de coreanos del Norte y del Sur. Kim es un joven pero ya curtido déspota, educado desde la infancia para serlo, y que sabe que su poder reposa sobre la cuerda floja de la violencia. Además ha mostrado de sobra (o eso dice la prensa) extravagantes rasgos de vesania que parecen copiados del emperador de Roma Nerón o del rey inglés Enrique VIII: la ejecución de su tío con una salva de artillería antiaérea, el envenenamiento de su hermano mayor, presunto heredero del trono. Y, por supuesto, la dedicación de todas las energías de su régimen a armarse hasta los dientes sobre un pueblo que se muere de hambre.

Sin embargo su mensaje de Año Nuevo, que he visto interpretado en varios sitios como la amenaza de un loco, y al cual Trump respondió por su Twitter con infantil arrogancia, me parece por el contrario muy sensato. La advertencia de un dictador previsivo que ha visto la suerte corrida por otros colegas suyos que no estaban lo bastante bien armados como para defenderse con éxito de las grandes potencias que pretendían democratizarlos: que ha visto el ahorcamiento de Sadam Huseín y el linchamiento de Muamar Gadafi (y el subsecuente despedazamiento de sus países respectivos) y no quiere que a él le pase lo mismo. En su discurso Kim Jong-un se limitó a advertirles a los Estados Unidos que no debían atacar ahora a Corea del Norte “porque nuestro arsenal nuclear ya está completo” y el botón para activarlo lo tiene él “en su escritorio”. Añadió que él, por su parte, no pensaba atacar a nadie: “Nuestras armas serán usadas solo si nuestra seguridad es amenazada”. Es decir, solo en respuesta a la agresión anunciada un par de veces ya por el presidente norteamericano, Donald Trump. Para redondear propuso la reanudación de las conversaciones de paz entre las dos Coreas. Y todo eso lo hizo– elocuente detalle– vestido a la occidental: no de uniforme militar, como suele, sino de chaqueta gris y corbata plateada. Se veía tan raro como Trump cuando se disfraza de oficial naval visitando un portaviones.

Trump, tras amagar con oponerse a esas conversaciones que no contaban con su anuencia previa, optó por permitirlas, ufanándose de que la propuesta de Kim equivalía a una sumisión a su amenaza.

Es eso lo que hace a Trump el hombre más peligroso de los dos: su estilo.

Lo muestra en su respuesta al discurso de Kim, que no es una advertencia, sino una amenaza: mi botón es más grande, “¡y funciona!”. Matoneo, amenaza, chantaje, y en último término, violencia. Ha mostrado sus métodos de hampón desde que colaboraba con la mafia de la industria de la construcción en sus negocios inmobiliarios de Nueva York y con la mafia del juego en sus casinos desde Las Vegas en Nevada hasta Sídney en Australia a lo largo de su historia de exitoso hombre de negocios (o eso dice la prensa). No le han funcionado demasiado bien en sus iniciativas de política interior, a causa de los “pesos y equilibrios” que limitan el poder presidencial en la Constitución norteamericana. Pero los ha desplegado sin frenos en el campo de la diplomacia, en el cual los presidentes de los Estados Unidos tienen mucha más amplia libertad de acción. Y esa diplomacia la maneja al margen de su propio Departamento de Estado veleidosamente, desde la irresponsabilidad infantil de sus tuits de insomne. El muro contra México. Las amenazas comerciales contra China. El retiro de los Estados Unidos del tratado mundial contra el calentamiento global. La negación de la visa para los ciudadanos de países musulmanes en los que las empresas de su propiedad no tienen ni hoteles ni clubes de golf. La ruptura del pacto sobre la desnuclearización de Irán. El corte de la financiación a la Unesco. La amenaza de sitiar por hambre a los palestinos de Gaza y Cisjordania. El desafiante reconocimiento unilateral de Jerusalén como capital “eterna” de Israel. El estrangulamiento financiero de Venezuela. Y, por supuesto, las amenazas directas del uso de la fuerza contra Corea del Norte: “Furia y fuego como no los ha visto nunca el mundo”.

Amenaza y chantaje. Como presidente, Donald Trump sigue actuando como lo hacía en su carrera de negociante inmobiliario. La política internacional es para él lo que en una de sus autobiografías llama “The art of the deal”: el arte del trato, el arte del negocio, el arte del arreglo, el arte del toma y daca. Un arte que entre mafiosos reposa sobre tres patas. Ya mencioné dos: el chantaje y la amenaza. La tercera es la fuerza bruta.

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