La nueva amenaza

Esa orfandad que hoy sienten muchos líderes se parece a la que percibimos hace 30 años, cuando empezamos a ver cómo caían abatidos por las balas asesinas los 1.500 miembros de la UP.

Nunca imaginé que estas elecciones, las primeras en que las Farc se presentan como un partido político, fueran a desarrollarse en un ambiente preelectoral tan descompuesto, marcado de manera macabra por el goteo del asesinato de líderes. Cada cuatro días, según la Defensoría del Pueblo, cae asesinado un campesino valiente en alguna región de Colombia.

El año pasado 206 líderes sociales fueron ultimados casi bajo el mismo patrón criminal: sicarios encapuchados entran al pueblo, preguntan por él, sin que las autoridades del lugar activen sus alarmas. Lo ubican y cuando lo encuentran lo cuecen a bala como si se estuvieran exterminando a una rata.

Los asesinos logran salir del pueblo sin mayor problema mientras que las autoridades se demoran en llegar al lugar del atentado. Luego viene lo que ya sabemos: empiezan las investigaciones exhaustivas de la Fiscalía que insiste en que estos asesinatos son producto de líos de faldas y de peleas entre vecinos. La investigación exhaustiva logra atrapar de pronto al autor material, pero no consigue identificar a los autores intelectuales del asesinato. Al cabo de un tiempo se convierten en muertos invisibles y en cifras que se repiten sin que tengan significado.

En lo que va del año se han producido ya siete asesinatos de líderes, incluido el de Temístocles Machado, una de las voces del paro cívico de junio de 2017 de Buenaventura. En esa ocasión, miles de personas salieron a protestar poniendo de relieve el hecho absurdo de que la población que albergaba el puerto más grande de Colombia tuviera tan malos índices de salud, de educación y de empleo.

Esa protesta, hecha de manera pacífica por las calles de Buenaventura, fue presentada en su momento como una señal positiva de esa Colombia producto de los acuerdos de paz y de reformas progresistas como la Ley de Restitución de Tierras, que reivindicaban la participación cuidadana y les devolvían la voz a las comunidades olvidadas. Hoy, con tantos líderes sociales asesinados da la impresión de que este resurgir de la protesta social es visto por los defensores del statu quo como una amenaza que hay que eliminar.

Temístocles, desde luego, no fue asesinado por un lío de faldas, ni por haberse peleado con un amigo en el bar de Buenaventura, sino porque le cobraron su indeclinable lucha por defender a los propietarios ancestrales de una tierra situada en la carretera alterna, obtenida a través de la expoliación por unos grupos poderosos que hasta hoy se mantienen vigorosos, pese a que tienen un pie en la política legal y otro en el bajo mundo.

Esa orfandad que hoy sienten muchos líderes se parece a la que percibimos hace 30 años, cuando empezamos a ver cómo caían abatidos por balas asesinas los 1.500 miembros de la UP en los noventa. En ese momento, esos asesinatos fueron ‘justificados’ con la tesis de la combinación de las formas de lucha bajo el argumento de que las Farc habían creado un grupo político sin desarmarse.

Hoy las Farc han silenciado sus fusiles, luego de un acuerdo de paz que impulsa la participación en política y que plantea una serie de reformas en el campo que están represadas por un Congreso latifundista, cuyos integrantes son en su mayoría grandes caciques regionales que no quieren ni el catastro multipropósito -porque les aumenta el impuesto predial- ni incentivar la participación de las comunidades campesinas a las que muchos de ellos ven todavía con desconfianza.

Desarmadas y sin haber entrado a operar la JEP, las Farc están intentando aterrizar en la política en medio de un clima adverso de polarización, salpicado por atentados cometidos no solo por las disidencias, sino por el ELN, una guerrilla que pareciera estar trabajando para la campaña uribista: sus actos terroristas, como los que llevó a cabo en el Atlántico, le están dando la razón a la derecha, cuando casi con emoción dice que esta paz de Santos es una payasada porque no es ni estable ni duradera.

En ese escenario tan turbulento todo es posible, incluso hasta el rearme de los espíritus de los llamados “enemigos agazapados de la paz” que parecen estar resucitando con la intención de forzarnos a devolvernos en la historia.

En medio de semejante confusión, la posibilidad de que los enemigos de la paz se vuelvan a armar es una probabilidad que ha empezado a preocuparme, como persona, como periodista y como víctima de una guerra que pensé había dejado atrás.

El acuerdo de paz, que tanto quiere demoler la oposición uribista, ha creado unos hechos políticos que les han permitido a los líderes sociales salir a protestar y hacer valer sus derechos. Lo trágico es que este despertar social, en lugar de haber actuado a su favor, se ha convertido en su peor calvario porque los enemigos de la paz, los mismos de siempre, ven en ellos una nueva amenaza, los están matando.

Para no devolvernos en la historia, podíamos comenzar por aceptar que estos asesinatos son sistemáticos y que responden al temor de los enemigos de siempre a que se implementen unos acuerdos que ellos consideran una amenaza al statu quo. Esa es la única razón que explica por qué en Tumaco 10.000 hombres de la fuerza pública no han podido con un mafioso de 28 años que se dice llamar Guacho.

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