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“Me cago en la cara de Uribe”

Jorge Gomez Pinilla

En España hay una expresión de uso muy común: “Me cago en la hostia”. La usan con tanta frecuencia que en días recientes la escuché cuando visitaba en compañía de mi novia a un amigo español, justo cuando abría la nevera de su casa y comprobó que no quedaba nada para acompañar las aceitunas: “Se acabó la birra; ¡me cago en la hostia!”.

Para los profanos en la materia, birra es cerveza y hostia es una pequeña oblea de harina (¿será harina bendita?) que los sacerdotes católicos alzan hacia el cielo en el momento de la elevación, y a continuación degluten. Si la memoria de exseminarista no me falla, la elevación es el instante en que el mismísimo Jesucristo se introduce en la hostia, y a eso lo llaman transubstanciación, y es por ello que el ritual va acompañado de la expresión “cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame.”

Siempre me costó trabajo entender por qué era tan fácil para un español ofender de manera tan flagrante el instante más sagrado de la eucaristía, pero comencé a comprender que no se le debía dar tanta importancia al anatema al ver que los argentinos usan una expresión con una carga igual o más ofensiva, y no pasa nada: “Andate a la puta madre que te parió”. Lo llamativo es que se la pueden estar diciendo a un amigo, quien lo toma como chanza sin importancia, y es tan popular que la pronuncia hasta una anciana como la que aparece en este hipervínculo.

Fue precisamente esa expresión, “la puta madre que lo parió”, lo primero que vino a mi cabeza cuando supe que el miércoles 7 de junio, durante un foro internacional en Atenas conocido como la Cumbre Concordia —una organización que reúne a líderes del mundo y no tiene tinte político—, el senador Álvaro Uribe Vélez sometió a Colombia (su país, o sea que es como hablar mal de la mamá) al escarnio público con una intervención en la que afirmó cosas tan delirantes como que “la minería ilegal y el narcotráfico son los únicos sectores de la economía del país que están creciendo”, o que “las Farc gozan de total impunidad” y “son el mayor cartel del mundo”.

Conviene darles atención analítica a las últimas dos frases, porque permiten identificar la enfermedad que padece el senador Uribe: un fuerte síndrome de abstinencia de la guerra que ya pasó, pero que él sigue viendo presente, o mejor, necesitando. ¿Para qué? Para evitar a como dé lugar que comience a operar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que les quitará la impunidad de la que hasta ahora han gozado él y las fuerzas oscuras que comanda.

Ese desajuste psicológico le hace vivir en un delirio mediante el cual asume como verdad lo que hubiera podido ser cierto antes de la firma del acuerdo de paz, cuando el poder de las armas les daba a las Farc relativa impunidad para cometer sus crímenes y traficar con cocaína, sí, pero no al punto que se les pudiera considerar el cartel más grande del mundo. Sea como fuere, el punto central es que las Farc ya no son un grupo subversivo, pero Uribe y su bancada de lacayos sigue sembrando desesperación entre los colombianos haciendo creer que poseen la misma capacidad desestabilizadora de antes. Necesitan mantener al fantasma vivo, y ante esto no nos debemos llamar a engaños: son ellos los que están dedicados a desestabilizar el país, para impedir que un día reine la paz. Siembran el caos, para luego aparecer como los salvadores de la confusión que han creado.

En su defensa Uribe afirmó para La W Radio que “la oposición debe aprovechar los escenarios internacionales para enfrentar la inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno en el exterior”. Volviendo al plano psicológico, a esto se le conoce como mecanismo reflejo, consistente en ver en otros lo que al paciente le ocurre: basta acudir a la historia reciente para constatar por ejemplo que el triunfo del NO en el plebiscito del 2 de octubre se dio gracias a “la inmensa maquinaria de desinformación” que diseñó el uribismo, lo cual fue reconocido —o mejor, confesado— por el propio gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez, en declaraciones donde además se hizo evidente que el propósito de fondo fue “dañarle la fiestecita a Santos”. Maquinaria que por cierto están calcando con pelos y señales hacia la campaña del 2018, como mostré en mi columna anterior.

Esto solo es reflejo de la desesperación en la que se encuentran Álvaro Uribe y sus dañinas huestes, conscientes de que el afianzamiento de la paz (y de la JEP) no solo los aniquila como opción política, sino que sacará a relucir todas las verdades que han querido mantener ocultas, comenzando por la pavorosa maquinaria genocida del gobierno anterior conocida como los ‘falsos positivos’.

Digámoslo sin ambages, lo que hizo Uribe ante ese foro internacional fue ‘cagarse’ en la imagen de Colombia, y es cuando uno se pregunta si será que el escritor Fernando Vallejo tenía razón cuando dijo que “la maldad de un ser humano debería medirse en Uribes”. Y es entonces también cuando, llevados por la indignación ante semejante afrenta al país que nos vio nacer, dan ganas de gritar con sonoro acento patriótico: ¡me cago en la cara de Uribe!

DE REMATE: Es irresponsable la actitud de Uribe con la imagen de Colombia ante los inversionistas internacionales, sí, pero es igual de irresponsable —o más— la complacencia de los medios con cada nueva ‘cagada’ suya, cuando la difunden y la celebran como si se tratara de la pilatuna de un niño travieso.

Redacción: El Espectador

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