Un piropo para Vargas Lleras, por Daniel Samper Ospina

Intenté unos audaces: recíbeme este pico y entrégame a tu Kiko. O dame tu corazón y te doy mi coscorrón.

Nunca he sido persona de piropos. Mis máximas expresiones de afecto se las he legado al Santa Fe o a mi señora, en cualquiera de los dos casos sin mayor ingenio, y muchas veces con las mismas palabras:

–¡Estás de campeonato! –le dije una vez, cuando la vi saltar a la cancha (o a la pista de baile, ya no recuerdo bien).

Alguna vez, inclusive, me animé a echar un requiebro por fuera de la casa, pero los resultados fueron igualmente lamentables. Vi pasar a una mujer en un parque y le dije:

–Doctora: te luce bien el verde…

Pero quedé como un viejo ídem. Y eso que la mujer era Claudia López.

Digo todo lo anterior por el debate que se formó en La W sobre los piropos, a raíz de las denuncias al productor de cine Harvey Weinstein: ¿dónde termina el elogio y dónde comienza el acoso? ¿Son machistas todos los piropos? Y sobre todo: ¿suelen ser idiotas quienes los dicen?

Desconfío por naturaleza de quienes gritan a una desconocida, de buenas a primeras, frases como “quién pidió pollo” y anhelan una feliz e inmediata respuesta de la susodicha: ¿qué pretenden? ¿Que la mujer les diga que gracias, que por qué no salen a comer?

Pero, a pesar de mi escepticismo en materia de galantería, esta semana quise aprender al respecto. No solo para no parecer un orangután en el momento de lanzar una elegante flor a mi esposa o a mi contadora, sino porque quiero aprender a ofrecer piropos al doctor Germán Vargas Lleras. Es lo que se está usando en el gremio. Uno abre el periódico, enciende la televisión, y ahí está el doctor Vargas Lleras, inspirando palabras de ánimo y vigor; se le ve fornido y enérgico, el semblante como la función que cumple un vicepresidente: como repuestico.

Ensayé, pues, variaciones con algunos requiebros que recogí por la calle, para irme cuadrando ante el inminente presidente de Colombia: nunca está de más irse acomodando para la foto, por si toca. Intenté con un “tus ojos son dos luceros que alumbran la madrugada”, bajo el entendido de que por luceros me refería al doctor Rodrigo Lara y a Jorge Enrique Vélez; y por madrugada, al partido Cambio Radical. Y por alumbran, a oscurecen.

Después intenté otros más audaces: vení mostrame toda la JEP, papito; recíbeme este pico y entrégame a tu Kiko; tócame con la mano y te agarro tu Lizcano; ven y me la dibujas, que yo te la Oneida. Pinto. O dame tu corazón y te doy mi coscorrón.

Pero lanzar a Vargas Lleras piropos que no resulten ofensivos –es decir: que no se conviertan en acoso– es un verdadero desafío. Para brillar en esas lides es preciso tener las dotes líricas de un Jorge Robledo Ortiz, de un doctor Uribe Vélez, ese sí piropero profesional: veía pasar en la calle a Jorge Noguera, y le decía, “adiós, buen muchacho”; se encontraba con Andrés Felipe Arias en el ascensor, y le susurraba, “eres mi copia mejorada”.

Menos evidente, pero elogioso de igual modo, era el presidente Santos, cuando gritaba, vestido como obrero, y después de haber chiflado, que Uribe era “el mejor presidente que haya tenido Colombia”; o decía, galante, que Hugo Chávez era su mejor amigo; o aun cuando afirmaba que solo los imbéciles no cambian de opinión, en evidente requiebro cariñoso al propio Vargas Lleras.

Pero alabar al candidato independiente exigía habilidades de chicoleo de las que cualquiera carece. Fácil lanzar requiebros a un magistrado colombiano, por ejemplo:

–Me encantan tus Leonidas, Bustos.

Incluso al alcalde Peñalosa:

–Tus ojos son tan lindos como el río Bogotá en ocho años.

O a políticos concretos de la vida nacional, que, como lo demostraron en el debate contra la corrupción, se dicen todo tipo de vulgaridades: aun aquel cortejo de mal gusto de “con esa pierna, para qué la otra” que en una plenaria le lanzó, coqueto, un senador de La U a Navarro Wolff; o el reconocido “flaco, tírame un hueso”, que dijo Jorge Robledo a Santos, inspirado en lo que ha sido su gobierno.

Pero, si bien inspira malos pensamientos, con Vargas Lleras hice todos mis intentos sin grandes resultados. Sí: le arrebató el discurso a Uribe para procurar, infructuosamente, subir en las curvas de las encuestas. (Él con esas curvas y uno sin frenos). Cocina todo tipo de alianzas con caciques politiqueros. (Pero si cocina como camina, me le como hasta la pega). Cualquiera piensa que no hay cielo que aguante tanto angelito que lo apoya. (Salvo Cielo González, claro, la cuestionada exalcaldesa huilense). Se desentiende de los escándalos de Cambio Radical, partido del cual es papá. (Pero con ese papá para qué juguetes). Arrastra la cola de haber pertenecido por siete años al gobierno que ahora critica. (Aunque con esa cola, para qué bancadas). Y se le mire por donde se le mire, no tiene presa mala. Ni siquiera la convicta Oneida Pinto, su antiguo apoyo electoral.

Pero no conseguí que mis requiebros estuvieran a su altura, y tuve que conformarme de nuevo con reservarlos para mi mujer. Esta mañana le dije:

–Tú de rojo y yo con este antojo.

Aunque al decírselo estaba pensando en el Santa Fe.

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