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Una terapia en AA (Antiuribistas Anónimos): testimonio de mi reconversión

Cuando pienso que voy a recaer, que no me gusta alguna cosa que haya hecho o dicho el doctor, o la reputación de sus amistades, o los negocios de sus hijos, cierro los ojos con fuerza, pienso que solo por hoy no seré antiuribista, y recuerdo insultos y difamaciones en redes sociales

Aleccionado por la pelea que sostuve con Álvaro Uribe, me inscribí en una terapia de grupo con la esperanza de recomponer mis pasos. Este es mi testimonio.

–Hola, soy Danny, un antiuribista en recuperación.

–¡Hola, Danny!

–Y quiero ofrecer testimonio.

Yo era un peligroso columnista de humor: no creía en nacionalismos, burlábame de regionalismos, desconfiaba de solemnidades de cualquier estilo, y, lo más preocupante de todo, no creía en el doctor Uribe.

Para mí todo era tinieblas. Durante años trabajé en revistas de dudosa reputación moral, como una publicación atea y castrochavista que solo expedía un brillo de luz y pureza en las ocasiones en que el doctor Uribe o alguno de sus familiares colaboraba con algún articulito, o en que posaba en fotografías artísticas su nuera, una bella modelo profesional. Salvo en aquellas ocasiones, digo, todo en esa revista era burda pornografía.

Transité por esa senda del mal y el maligno me fue llevando y llevando sin que me diera cuenta de nada. Y empecé a dudar de lo más sagrado: yo, que era persona de fe, empecé a dudar hasta de la seguridad democrática.

Me volví un ser mezquino. Me burlaba de los defectos físicos de la gente, como si fuera un caballito discapacitado; del nombre de una bebé, de la cual bromeaba el doctor Uribe en público. Y, en fin, sin darme cuenta me había convertido en un “vómito, en un mariquita perfumado”, como dijera el defensor de derechos humanos partidario del Centro Democrático, doctor Popeye.

En conclusión: me iba a hacer dar en la cara, m*%#*. Ni siquiera cuidaba las comunicaciones y el doctor Uribe me las sacaba sin necesidad de acudir al antiguo DAS. Me estaba buscando una buena inmovilización, como me lo advirtió desde su Twitter el filólogo del partido, doctor José Obdulio. Yo no andaba recogiendo café, lo reconozco: yo más bien andaba matoneando al doctor Uribe, criticando por aquí y por allá a sus amigos: ¡si hasta dije cosas horribles del general Rito Alejo! ¡Si hasta escribí columnas cuando capturaron al doctor Jorge Noguera, al doctor Salvador Arana, y a tantos, tantos más!
Pero entonces, el Señor se me apareció en forma de cachetada, porque así son los designios del Señor. Y para que me diera cuenta de mis pecados contra la moral, y me permitiera recapacitar, me envió al representante más atemperado que tiene en la Tierra. Fue así como el doctor Uribe me abrió los ojos llamándome violador de niños (aunque, claro, no en el sentido de violador de niños).

Al comienzo quedé desconcertado, no lo niego, y entonces acudí a la Justicia, y el doctor tuvo que aclarar que no quiso decir lo que dijo. Pero, al mismo tiempo, se volcó de nuevo contra mí, todo cargado de tigre; impugnó el fallo que lo obligó a rectificar, y me embistió de nuevo hasta dejarme con la fama de que soy una persona terrible, prácticamente un buen muchacho.

Desde entonces aprendí la lección y me he vuelto personita tranquila. Ahora hago yoga. Tomo goticas de valeriana. Ya no critico. Y quiero ofrecer testimonio ante aquellos que todavía viven en el camino del mal, especialmente periodistas, porque creo que esa es mi misión: permitir que mi caso sirva para abrir los ojos a otros, a mis colegas; traer a este grupo de apoyo a un Daniel Coronell, so pena de llamarlo extraditable otra vez; a un Yohir Ackerman, so pena de vincularlo con el ELN nuevamente; a Hollman Morris o a Julián Martínez o a Claudia Julieta Duque, so pena de tildarlos de terroristas-far. Y así, a muchas, muchas personas, sean madres de Soacha o no lo sean, que, con mano firme podrán obtener un corazón grande, gracias a las calumnias cariñosas y paternales con que el doctor Uribe nos quiere corregir.

Cuando pienso que voy a recaer, que no me gusta alguna cosa que haya hecho o dicho el doctor, o la reputación de sus amistades, o los negocios de sus hijos, cierro los ojos con fuerza, pienso que solo por hoy no seré antiuribista, y recuerdo insultos y difamaciones en redes sociales. Y así consigo superar lo que el doctor Restrepo, mi psiquiatra, llama “el síndrome de abstinencia”.

Gracias a mi conversión, cambié de referentes espirituales. Mi modelo ahora son personas que ayudan al prójimo, al familiar, al amigo, a veces nombrándolo desde los cargos oficiales que ostentan; personas luchadoras para las cuales nada es obstáculo, ni siquiera un articulito en la Constitución. Para hacer juegos de palabras con nombres, ahora solo escribo sencillos acrósticos de amor, tipo “Ema, Eres Mi Amor”. Ya no dudo, como en antes. Solo obedezco. Organicé una quema de mis propios libros en Bucaramanga para purificarme. Y ahora tengo un proyecto de vida: estoy leyendo la doctrina y aprendiéndome el manual porque quiero demostrarle al doctor Uribe que tengo todos los méritos para ser su elegido. Porque sí: ahora también aprendí a perseguir mis sueños. Los persigo, los difamo, los estigmatizo. Quién quita que termine siendo yo mismo “el que diga Uribe” en el próximo tarjetón.
–Gracias, Danny, por tu valiente testimonio. Ahora cedo la palabra a Alfredo Rangel, que lleva años sin recaer.

 

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