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Condenadas por su belleza: así es el tráfico de ranas venenosas en Colombia

En los últimos 30 años unas 100.000 ranas venosas han salido de Colombia. Sus colores vistosos han atraído a traficantes y compradores que las apartan de sus hábitats, pese a las restricciones. Relato de una científica que lucha por protegerlas y entender su diversidad genética.

Uek uek uek uek… Uek uek uek uek, canta la hermosa rana venenosa anunciando su presencia en las selvas húmedas del Pacífico colombiano. Uek uek uek uek… Uek uek uek uek, responde el colector nativo. Su imitación es tan eficaz que al instante un macho dominante se exhibe en su territorio, buscando al intruso. Su captura es inminente. Encarcelada por su inocente imponencia, la infeliz pasará varios días sin agua y comida en una bolsa plástica o una caja de icopor, a la espera de que un traficante –aprovechando las difíciles condiciones socioeconómicas del colector– vaya por ella. (Lea Arranca el proyecto más ambicioso para limpiar el “continente de plástico” del Pacífico)

Durante esa jornada, y en las siguientes, muchos otros machos caerán en la trampa, llevando la misma suerte. Serán enviadas al extranjero en condiciones deplorables y probablemente morirán. Según coleccionista que prefiere permanecer anónimo, de entre 200 a 300 ranas colectadas, tan solo 10 a 15 llegan vivas a su destino final: las manos de alguna persona que quiere coleccionarlas en otro país, como quien completa con afán su álbum favorito de monas. Esta es la verdadera razón por la que más de 100.000 ranas venosas han salido de Colombia en los últimos 30 años. (Lea Reino Unido acaba de inaugurar el parque eólico más potente del mundo)

Pero los medios nacionales favorecen otros argumentos, como que las ranas son vendidas para extraer sus venenos y elaborar analgésicos. La verdad es que en esos procesos estamos en pañales. Basta con decir que se necesitan cientos y hasta miles de ranas para lograr extraer tan solo una toxina del coctel que ellas producen.

¿Y que nos dicen los genes?

Enterarme de estas cifras fue lo que me motivó hace más de cuatro años a estudiar los genes y reconstruir la historia de sobre-explotación que enfrenta específicamente una de las especies más apetecidas en el mercado internacional. Hablo de la rana venenosa de Lehmann (Oophaga lehmanni). Una especie microendémica, es decir, exclusiva de un área pequeña de la cuenca del rio Anchicayá, en el Valle del Cauca. Una zona rodeada de exuberantes bosques que aunque interrumpida por parches de cultivos legales y otros no tanto, provee agua y energía a gran parte de los habitantes de la región pacifica del país. (Lea Japón se prepara para probar el primer mini ascensor espacial)

Al igual que en los mamíferos, las madres alimentan a sus bebés con leche materna. Las hembras de estas ranas alimentan a sus renacuajos con huevos infértiles, mientras el macho les canta una vibrante serenata al son de su irresistible uek uek uek uek. Estos elaborados comportamientos incrementan la dificultad de reproducirlas en cautiverio. Durante años los mismos aficionados a las ranas lo han intentado, sin éxito alguno, afirma Andreas Zarling, un científico alemán apasionado por las ranas venenosas.

Desde que la rana de Lehmann fue descubierta en los años 70, ha sido objeto de colectas desmedidas. Tantas que en un equipo de biólogos liderado por el doctor Adolfo Amezquita de la Universidad de los Andes, en el año 2009, a pesar de un esfuerzo de muestreo considerable, únicamente encontró 16 individuos en los sitios donde históricamente esta rana fue abundante. Explorando otros sitios, estos investigadores registraron 19 individuos de la rana de Lehmann dentro del protegido Parque Nacional Farallones de Cali. Para fortuna de todos, el hábitat de la rana, está justo dentro del área de influencia de la central hidroeléctrica Alto Anchicayá de la empresa de energía del Pacifico-EPSA-CELSIA.

Con este punto en el radar, en el 2015 mientras iniciaba mis estudios doctorales en la Universidad de los Andes y con dos colegas de mi laboratorio, apasionados por las ranas venenosas, partimos al encuentro silvestre de estas elusivas criaturas, en el bosque tropical húmedo del Parque Farallones. El vibrante sonido de sus cantos no tardó en hacerse sentir en medio del pendiente sendero bordeado por raíces de palmas enmarañadas, árboles exuberantes y musgos rebosantes de rocío. Nunca me acostumbraré a la sensación de maravilla cada vez que me detengo a buscar en el sotobosque y tropiezo con el fascinante coctel de colores entre rojos, negros, blancos, naranjas o amarillos de estas majestuosas ranas venenosas del pacifico colombiano.

La inesperada y gratificante sorpresa llegó cuando al escalar los senderos poco demarcados del parque, escuchamos el concierto de ranas. Después de siete años, confirmamos que la especie estaba presente, pero que además era abundante. Probablemente las estrictas medidas de seguridad de EPSA -que tuvimos que atravesar cuando llegamos al Parque Farallones- implementadas desde los años 50, sin planearlo, fue lo único que salvó de la extinción a este invaluable tesoro de la naturaleza colombiana. Al parecer, las únicas poblaciones ecológicamente sanas se encuentran dentro de esta área protegida.

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