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Clase de historia con los próceres del mañana

“El libertador Uribe expresó su famosa máxima: por mis tres óvulos sagrados: dadme vuestra mano y salvemos la nación!”

No voy a decir que no: cuando me contaron la noticia de que, en adelante, por disposición gubernamental, las clases de historia volverían a las aulas escolares, me preocupé; siempre he desconfiado de la versión oficial de los sucesos del pasado, falsamente elegantes y grandilocuentes, como si fueran a la verdad lo que Abelardo de la Espriella al mundo de la moda.

Narran con letras fastuosas acontecimientos que sucedieron de manera humana y modesta, en un pretencioso ejercicio de impostura similar al del abogado de marras. Y por marras no me refiero al alias de un parapolítico.

Imaginaba, pues, a mis pobres hijas obligadas a estudiar las mentiras pomposas de la historia, y me deprimía; me daban ganas de advertirles que Santander no dijo “Si las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la libertad”, sino “luego de la chumbimba, a meter leguleyadas como un berraco, hermano”; que Bolívar no dijo “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, sino “o me obedecen, o seguiré jodiendo hasta la muerte”. Porque, antes de ser personajes de la historia, nuestros próceres eran simples políticos criollos, royes barreras, rodriguitos laras, petricos, galancitos tristes que se peleaban por lo suyo. Aun los más célebres. La historia omite que Bolívar, por ejemplo, tomaba tinto sobre su caballo, que se llamaba Palomo. Palomo Valencio. Y que Santander se hacía pintar al óleo mientras posaba en paños menores con un ejemplar de La Bagatela en las manos.

Obsesivo y lamentable, como soy, visualicé en el tiempo ya no a mi hija, sino a su descendencia, obligada a estudiar nuestro presente con el mismo rigor académico con que hemos estudiado el de los antepasados.

–¿Y por qué fue la guerra civil de uribistas y antiuribistas, profesor?

–Porque la señora Tutina no le prestó un florero a doña Lina.

E imaginé la traducción magnífica con que los libros académicos registrarán nuestros días, en las letras doradas de la historia: no dirán que Uribe dijo “le doy en la cara, marica”, sino “si osas actuar de tal modo, yo os daré en la cara, por fémina”; no dirán que Santos dijo “El presidente puede hacer las preguntas que se le da la gana”, sino “heme aquí, dispuesto a indagar en los términos que precise por lo que acaece a esta nación amada”; la frase “Ahumada, venga para acá o le doy otro coscorrón”, de Vargas Lleras, quedará como “¡Permitid, oh soldado, que te corrija cual ardoroso patricio, con el pulso glorioso de mi mano!”. Y el inolvidable aforismo petrista de “Todo fue por un pecueco fallo político”, se leerá en bronce como “¡Pueblo indolente! ¡No dejéis que el olor fétido que despiden los pies de esta medida judicial atente contra el hijo más fértil de tu fogosa tierra!”.

Pero me deprimía especialmente la forma en que estudiarán el suceso electoral de esta semana: el encuentro fortuito entre Germán Vargas Lleras y Álvaro Uribe, hasta hace poco enemigos acérrimos, que terminaron tomándose un café; aunque no estarían tomando café…

El expresidente informó del encuentro con elocuentes trinos en los que decía: “Acabamos de reunirnos aquí en termales del otoño, Manizales…”. Parecía una cita romántica: se fueron de termales, diría uno; pernoctaron, desayunaron. Y luego se dieron un nuevo chance en hechos que, imagino, sucedieron de este modo:

–¿Germán? ¿Vos por acá?

–Presidente Uribe, qué gusto: adelante, siéntese; ¿quiere un poquito de torta? Agarre una tajada, pero si me acompaña.

–Sí, home, te acompaño: de eso te quería hablar…

–¿Quiere huevitos?

–Pasame tres. Es que mandé a Iván a que recogiera café, para el desayuno… Y te vi a vos acá sentado y dije, ve, este de golpe necesita que lo acompañe…

–¡Claro! ¿Mermelada?

–¡Exacto, home!

–Pues hablemos; pero pidamos algo de comer antes, que acá llegó el mesero…

Sin embargo, en los textos de historia los niños estudiarán un párrafo semejante a este:

“Fue entonces cuando, en la noble ciudad de Manizales, se comenzó a gestar el Pacto de las Termales suscrito entre los dos libertadores de la patria. Atendiendo los más altos intereses de Colombia, los dos mártires dejaron de lado sus diferencias en una jornada matinal en la que el libertador Uribe expresó su famosa máxima: ‘¡Si la unión contribuye a reconducir la patria por la senda del porvenir, por mis tripartitas partes, por mis tres óvulos sagrados: dadme vuestra mano y salvemos la nación!’. A lo que el presidente Vargas Lleras respondió con su emblemática frase: ‘Si perdemos estos momentos de efervescencia y calor, pueblo indolente, ¡que dios y la patria os lo demanden con un sopapo tricolor!’”.

Pero a comienzos de la semana el gobierno aclaró que el pénsum no se verá modificado con una cátedra de historia, con lo cual me volvió el alma al cuerpo. Por lo pronto, las futuras generaciones podrán gozar de su feliz ignorancia: de la histórica frase del prócer Vargas Lleras no sabrán que la única efervescencia es la de esta campaña; que el calor es producto del tinto; y que ni Dios ni la Patria demandarán nada porque para demandas está Abelardo de la Espriella, el abogado de alias Marras.

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