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Recordando al tío Luis

Juan Carlos Ramón Rueda

El tío Luis fue una de esas personas que no se olvidan a pesar de que su deceso ocurrió hace años. Me antoja recordarlo y participar a mis lectores de esta historia que me parece relevante.

Luis se caracterizó por ser distinto. Hizo una fortuna gracias a su disciplina y temple. Nació finalizando la primera mitad del siglo pasado y vivió en un pueblo del sur de Colombia. Usaba lentes gruesos y una gorra plana de algodón a cuadros que resaltaban su curtido rostro. Vestía corbatín con camisa de manga larga, zapatos siempre bien lustrados y un pantalón ajustado con cinturón grande que le llegaba casi a la altura de las costillas.

Luis quedó viudo muy cerca de cumplir setenta años de edad, con sus hijos todos formados y profesionales. La soledad le embargó de manera intensa y un día cualquiera decidió reunir a sus vástagos y les notificó: He decidido casarme, no estoy hecho para vivir sin una mujer. ¡Papá! Exclamo sobresaltada una de sus hijas. ¡Eso es un irrespeto a la memoria de nuestra madre…! ¿Ya la olvidaste así de rápido? Y el tío Luis les comunicó: No vine a hacerles una consulta sino a notificarles una decisión.

El hijo mayor, también sorprendido le preguntó: ¿Y podemos saber quién es la elegida? Un aura de suspenso rodeó el salón en el que se encontraban reunidos, todos ávidos de saber quién era la dama que había conquistado el corazón del viejo en tan poco tiempo… El tío Luis, apegado a sus formas y estilo, que lo caracterizaron en todas las decisiones durante su vida, les anunció: No tengo hasta ahora ninguna seleccionada. He elaborado una lista de las señoritas, solteras o viudas en este pueblo, que según mi criterio podrían clasificar.

Estupefactos, los hijos vieron como su padre extendió una hoja de papel que sacó del bolsillo en donde estaban casi una docena de nombres de mujeres, ninguna menor de sesenta años.

Los días siguientes el tío Luis visitó una a una las seleccionadas. Y poco a poco las fue descartando hasta llegar a la elegida.

Una de las que no tuvo buena suerte era preferida por sus hijos. La descartó porque al visitarla esta no le ofreció ni un tinto. Como es el desayuno es el almuerzo, les dijo a sus hijos.

Escogió la que según su criterio cumplía requisitos y dejó para después enamorarse de ella. Lo cual hizo sin reparo y convicción, hasta cuando les llegó el turno de partir de este mundo.
Fueron felices los dos según me cuentan.

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