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¿Por qué la paz no entusiasma a los colombianos?

Terminó la dejación de armas de las Farc. Cumplieron y como lo dijo el presidente Santos, era algo que los colombianos no creían que iba a pasar. Pero a la gente poco le importa y la discusión en las redes sociales sigue llena de odio e insultos.

“Ya puede despegar, muy bien… suerte”. Con estas palabras, el presidente Juan Manuel Santos le dio este martes la partida a uno de los dos camiones encargados de sacar de la zona veredal de Pondores, corregimiento de Conejo, municipio de Fonseca, en La Guajira, los últimos dos contenedores con armas y explosivos de las Farc. Una operación que se repitió paralelamente en otras cuatro zonas de concentración en el país: La Reforma, Yarí y La Guajira en el Meta, y La Variante en Nariño. Culminó así, después de ocho meses de haberse firmado el Acuerdo Final de Paz, el proceso de dejación de armas de esa guerrilla, que a su vez marca el fin del cese del fuego bilateral. “Hoy comienza la construcción de un nuevo país”, había dicho previamente el jefe de Estado, al ordenar el cierre de uno de esos contenedores, al que él mismo le puso candado.

Un hecho histórico que, sin embargo, no despertó mayor expectativa en la opinión pública nacional, que pareciera que hace rato perdió interés en el asunto de la paz y a la que hoy se le ve sumergida, más allá de los avatares de la vida diaria, en la enconada disputa electoral por el poder de 2018. En las redes sociales, como ya es costumbre, defensores y detractores del proceso de negociación con las Farc se dedicaron a repetir sus argumentos, o mejor, sus insultos y desagravios de unos contra otros. En cambio, lo que sí generó reacción fue el anuncio hecho en el mismo Pondores por ‘Iván Márquez’, segundo jefe de la organización guerrillera, de que el nombre del partido político con el que incursionarán en la política legal será “Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia”, lo cual les permite mantener la sigla de “Farc”.

“No queremos romper los vínculos con nuestro pasado. Hemos sido y seguiremos siendo una organización revolucionaria. Queremos ser la voz de los excluidos, de los sin voz, de los que viven en la miseria, la voz de la gente honesta y buena de Colombia”, fue el argumento de ‘Márquez’. Para los críticos, esa decisión significa una humillación para las víctimas e incluso va en contra de la tan mentada reconciliación. “El nombre que usarán las Farc en política será humillante con las víctimas, nada los detiene. Santos les entregó absolutamente todo”, escribió en Twitter la senadora Nohora Tovar, del uribista Centro Democrático. “Creen que cambiando una palabra borrarán tantos años de sangre, dolor y violencia contra el pueblo colombiano”, trinó también su copartidaria María del Rosario Guerra.

Ahora, es cierto que las más recientes encuestas muestran un aumento en el optimismo de la gente frente al proceso de paz y que desde el inicio de la concentración de las Farc en las zonas veredales y de la entrega de las armas, los colombianos muestran un mayor apoyo a la negociación. Pero esas mismas encuestas han señalado que hay temas que generan más atención: cómo va la economía y el empleo. Es decir, impera lo de siempre y el bolsillo es lo que importa. De ahí que el desgaste de la paz se haga evidente con ese poco entusiasmo que se palpa en las calles frente a hechos tan significativos y cruciales como el que las Farc haya cumplido con la dejación de armas y que ahora se inicie una nueva etapa que implica grandes retos para el Gobierno, como son no solo garantizar la seguridad de los excombatientes, sino llegar como Estado a las zonas más golpeadas por el conflicto.

Por algo a comienzos de este año, el saliente comisionado de paz, Sergio Jaramillo, en varias declaraciones a los medios de comunicación, les pedía a los ciudadanos alegrarse por la llegada de las Farc a las zonas de concentración. Y en marzo pasado, en una conferencia en la Universidad de Harvard, hablaba de la urgencia de que todos los sectores de la sociedad –campesinos, indígenas, afrodescendientes, empresarios, universidades, organizaciones sociales, miembros de la Iglesia– se sintieran parte de un mismo proceso porque la paz es de todos y todos pueden y deben aportar. Y recalcaba, sobre todo, en la necesidad de “despertar el entusiasmo de la población urbana, en especial de los jóvenes, que piensen en ese otro país y salgan a las regiones (…) ayudando a tender puentes entre el mundo urbano y el mundo rural”.

Entusiasmo que, desafortunadamente no se ve, al menos hasta ahora. Y lo que reina es el escepticismo y la indiferencia, reconociendo que desde muchos sectores se están haciendo esfuerzos y se está trabajando por la consolidación de esa tan anhelada paz. ¿Respuestas? Quizás el análisis que hace la antropóloga Joanna Castro plantee una aproximación a lo que sucede: “Durante 52 años, el Estado insistió y educó a la población con una visión de la guerra en la que las Farc eran el demonio y los medios de comunicación azuzaron el odio hacia la insurgencia. Ahora ese Estado se ve a gatas para contarle a la gente por qué hay que hacer la paz con ese demonio. Y poco se ha profundizado en la responsabilidad de quienes nos han gobernado”. Lo que propone la académica es simple: un sí a la paz pero con memoria.

O también se puede tomar en cuenta lo dicho por Ómar Rincón, director de la maestría en periodismo de la Universidad de los Andes: “Habitamos un ambiente simbólico y político donde predomina la idea de que todo está mal, salido de madre, peor que nunca. Pero este micro-clima es más un producto del trabajo de los medios de comunicación y de las elites políticas que del país que vive la vida. Y es que los medios y los políticos han encontrado que su ‘rating’, los clics y ‘likes’ que reciben, aumenta en la medida en que vendan la idea de que todo está mal y que ellos son la solución. La paradoja radica en que ahora tenemos un mejor país. Hacemos más el amor que la guerra, bailamos mucho más de lo que disparamos, reímos mejor porque hay menos violencia estructural”.

Y concluye: “Aunque no lo queramos ver, este es un país que avanza en derechos sociales y humanos; nuestra economía se mantiene al nivel de los promedios mundiales; las ideas abundan gracias a empresarios jóvenes y creadores de alternativas de paz. Somos un mejor país. Pero justo cuando deja de estar presente la guerra y llega el momento de la civilización, de disentir y de disputar sentidos conversando, reconociéndole verdad a la voz de los otros, construyendo en medianías y no en lógica de guerra (una lógica de usted o yo), justo en este momento, cuando nos hemos dejado de matar y renunciamos a las venganzas para ser un país de verdad, las élites nos han quedado mal. Y nos han sumido en esta desazón nacional que nos hace pensar que todo anda peor que siempre”. Que cada quien haga su ‘mea culpa’, si es que le importa.

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