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Banderas rojas, las heridas abiertas del hambre

Después de seis meses, las restricciones y el pico y cédula que regía en la capital del Huila, ya no serán obligatorios. Los neivanos, se aprestan para retornar a la normalidad que les arrebató la pandemia del Covid-19, la cual dejó al descubierto las grandes desigualdades sociales, el hambre fue uno de los protagonistas.

Por: Armando Londoño Grajales

El rojo, el color de la sangre y de la lucha se convirtió en un denominador común en calles, ventanas, casas y avenidas de la ciudad de Neiva. Algo que nunca se había palpado y que el hambre obligó a ondear a diario en busca de una mano amiga que les tendiera un bocado de pan para poder sobrevivir a un confinamiento del que tal vez, generaciones actuales nunca habían tenido que vivir.

La llegada de la pandemia del Covid-19 al mundo dejó abierta las heridas del hambre y de las desigualdades sociales, muchos se resguardaron en sus casas comiendo, leyendo y una que otra vez bebiendo una cerveza o un buen trago de aquellos guardados para ocasiones especiales; pero otros, bajo todo riesgo pese a las probabilidades de poder contraer el virus del Covid-19 tuvieron que abandonar sus guaridas como perros hambrientos en busca de comida.

Así se vieron las calles de Neiva, pasado dos meses del confinamiento obligatorio que arrancó en abril. Con temor pero hambrientos, el panorama se atestadas de banderas y trapos rojos que evidenció una pandemia más grave que el mismo virus, la pandemia del hambre, ese que no da espera en pequeños que a llanto herido hacen revolcar las entrañas de sus progenitores que a diario con tierra en los zapatos y sudorosos por las altas temperaturas de la capital del Huila y tapabocas improvisados salían sobre la Carrera 16 frente al icónico Luna Verde, centro de grandes francachelas a ondear y pedir a cuanto conductor transita por aquella avenida un bocado de comida.

Esa fue la historia de Luis López, un oficial de la construcción que vive con su esposa, tres hijos, una hermana en situación de discapacidad y su madre que ya bordea los 70 años de edad en una casa improvisada, hecha con tablas, latas de zinc y algunos plásticos, en el asentamiento Bajo Tenerife, a un costado del río Las Ceibas y del Intercambiador vial que en épocas de lluvias terminaba bajo las aguas nauseabundas debido al colapso del alcantarillado.

“Fueron momentos duros, fueron alrededor de 120 días que no pude trabajar, lo último que hice fue ayudar a instalar unos pisos en una construcción. Desde entonces fue una lucha por sobrevivir con mi familia. Durante ese tiempo no me beneficié de ningún tipo de ayuda humanitaria por parte de la Administración Municipal, no sé por qué no aparecí en los listados para la entrega de aquellos mercados que repartieron en un principio y que por fortuna a varios vecinos sí les entregaron, lamentablemente a nosotros nos tocó vivir de la caridad”, Fueron las palabras del oficial de construcción mientras se protegía del intenso sol una tarde cuando esperanzados pedían en la calle en busca de comida.

Mientras él hablaba, su esposa, no se cansaba de ondear un trapo rojo convertido de manera improvisada en una bandera como símbolo de resistencia pero de aquella que necesita de la ayuda de otros, de los más afortunados para poder seguir empuñando con fuerza y gritarle al Gobierno y a la sociedad, de que allí estaban pasando hambre.

A su lado, se encontraba el más pequeño de sus hijos, sentando en un desgastado coche que también sirvió de alacena para guardar lo que les daban. Luis, era consciente de que exponer a su hijo en esa situación y con un virus letal rondando el aire no era lo más salomónico pero como dice, “Algunas personas al vernos solos, lanzaban cualquier cantidad de improperios y nos mandaban a trabajar, desconociendo el calvario que llevábamos dentro, pues nunca me había visto en la humillación de salir a pedir comida, gracias a Dios, siempre he trabajado, pero esta pandemia lo cambió todo.

Y es verdad, el Covid-19 lo cambió todo, hasta la forma de saludar y de compartir, los más afortunados, lograron comprar alcohol y gel antibacterial, pero como Luis, hay miles de personas en toda Neiva, que están a la de Dios, sin una barra de jabón para lavar sus manos, repitiendo desgastados tapabocas que según las autoridades en salud no se deben reutilizar.

A unos dos kilómetros del puente, donde a diario Luis y otros desamparados del Estado, luchaban por sobrevivir, se encontraba Abigail, tiene 60 años de edad, pelo canoso y un andar despacio, usa gafas y en sus manos la sabiduría que le han dado los años en el arte de la culinaria, es una maestra del tamal, ese que en Neiva, desde los jueves o viernes en algunos casos se ve hirviendo en gigantescas ‘ollas indias’ a las afueras de las casas en improvisados fogones de leña y que a la vera del camino deja esparcido el olor típico de la tamalada y que hace agua al paladar de quienes transitan por estos sectores populares lo más golpeados por un mal llamado Pandemia.

“En mis 50 años que llevo como tamalera, nunca me tocó desmontar la olla y dejar de hacer tamales, fue un golpe bajo, de un momento a otro nos tocó encerrarnos y el temor de vender se acrecentó, cualquier contacto con el mundo exterior podría ser un potencial caso para Covid-19. Vivo de lo que me deja la venta de los tamales sin embargo, fueron más de 60 días sin vender uno, al temor de contagio se sumaron las medidas para ese entonces de confinamiento obligatorio, la prohibición de vender y la constante zozobra de recibir una sanción”.

Sin embargo, ‘el hambre no da espera’, acota Abigail, mientras desafiando el destino, permanece sentada en una butaca de madera, aquella que por años le ha servido para atender cómodamente a sus clientes y que después de seis meses de no poder sacar la venta de tamal decidió volver amontar la olla en el andén de su casa ubicada muy cerca de la Avenida Max Duque en el sur de Neiva a la espera de que vuelvan sus clientes, aquellos que meses antes de la pandemia paraban a comprarle sus deliciosos tamales.

Las historias de Luis y Abigail, se repiten a los largo y ancho de la ciudad, al igual que ellas fueron cientos de personas afectadas y que vivían del rebusque diario para tener el sustento de sus familias. Quienes recibieron las ayudas, pudieron sortear por algún tiempo el hambre pero hoy nuevamente han vuelto a las calles, algunos a ondear las banderas rojas y otros a volver a trabajar.

Neiva en rojo en materia de empleo

Para una ciudad intermedia donde la informalidad supera el 50%, y el no estar laborando a plenitud el sector comercio, bares, restaurantes y turismo; la capital del Huila ocupó el deshonroso primer lugar en materia de desempleo, cifras que se agudizaron en el marco de la pandemia y del aislamiento obligatorio proferido por el Gobierno Nacional.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), Neiva fue la ciudad con más desocupados en Colombia y donde más se deterioró el mercado laboral para el trimestre móvil febrero – abril, tiempo en el que la pandemia obligó a cerrar todos los negocios y enviar a cuarentena obligatoria al mundo entero.

La capital del Huila tuvo un incremento de 13,3 puntos porcentuales (p.p.) frente al mismo periodo del año anterior (12,5%); la tasa de desempleo llegó a 25,8% siendo la más alta del país.

Ante estas críticas cifras que tal vez no entiendan los ciudadanos de a pie, aquel que vende limones en los semáforos, el que con su carreta ofertaba toda clase de frutas, aquel que limpiaba parabrisas o aquellos que perdieron sus empleos formales, el número es lo de menos lo que sí tienen claro es que hacen parte del enorme listado de personas que hoy se encuentran sin trabajo, desamparadas y a la espera de una ayuda que muchas veces tardará en llegar.

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